Gay Cinema: ‘Criaturas Celestiales’

Algo antes de hacer patear la entera Tierra Media a cuatro pequeños hobbits, Peter Jackson demostró que no tenía sólo mal gusto, rompiendo moldes narrativos con la traslación al cine de una historia que en la Nueva Zelanda de los años 50 del pasado siglo, puso los pelos de punta a la sociedad de la época.
Dos adolescentes inseparables, Pauline Parker y Juliet Hulme, de orígenes sociales absolutamente diversos, quisieron romper con naturalidad tantos moldes impuestos por una sociedad obsesionada con la mortificación de la Felicidad, que no tuvieron otro remedio que evadirse de ella, en un perturbador Viaje de Alicia, en el que acompañadas por Mario Lanza como Conejo Blanco y Orson Welles como brazo ejecutor, traspasaron cualquier frontera, hasta la más espantosa de todas ellas, con la ingenua ilusión de vivir juntas para siempre.
La extraordinaria Kate Winslet no pudo empezar mejor su carrera cinematográfica que con su arriesgado rol de la creativa obsesión amorosa de una escasamente agraciada y socialmente desubicada ‘catorceañera’ de clase baja, que tropieza mil veces contra la pared de la ilusión cero, antes de conocer a la inspiradora Juliet, con quien irá descubriendo que no hay puertas cerradas para el corazón o la creatividad. Enredadas en lazos familares y sociales que acabarán deplorando, ambas harán florecer un mundo paralelo en que evadirse, traspasando una y otra vez las fronteras del espejo hasta acabar rompiendo este en mil pedazos, con uno de los finales más sobrecogedores del cine.
Ahorraré spoilers a los que no hayáis visto la película ni conozcáis la historia real de Parker y Hulme, que atrapadas por la Justicia tras la ‘ejecución’ con la que sentenciaron a la perfecta encarnación de una sociedad obsesionada con cercenar sin miramientos la más pura historia de amor entre dos criaturas celestiales, se libraron de la pena capital gracias a su minoría de edad. El precio que pagaron, sin embargo, fue igual de terrible. Jamás volvieron a verse.
Hoy, Pauline Parker, vive bajo el nombre de Hilary Nathan, quien reconvertida al catolicismo, regenta una escuela para niños cerca de Kent, Inglaterra. Juliet Hulme, por su parte, pasó a llamarse Anne Perry, y al igual que Pauline, se refugió también en la religión para desafiar los remordimientos de su espantoso crimen, residiendo primero en Estados Unidos y luego en Escocia, desde donde brilla con luz propia como reconocida escritora de novelas de suspense victoriano. Todo un final redentor que siendo exclusivamente ficción, habría resultado increíble.