El puma (para Jaime, en +)

Cougar

La zona donde vivo perteneció hace no tanto a los animales, y con profundo respeto, cuando el hombre decidió edificar aquí sus viviendas, procuró mantener lo mejor posible un venerable equilibrio con ellos manteniendo el bosque como estaba en las áreas en que la construcción de las casas y las estrechas calles lo permitió. Apenas 10 minutos arriba en coche, una reserva natural nos cuenta quiénes son los auténticos señores de este territorio, y sin necesidad de ninguna clase de green card o especial permiso se pasean entre patios privados y avenidas, ardillas, mapaches y, mejor eludirlos, coquetos zorrillos.

En las madrugadas y también muy de mañana o anocheciendo, sobre todo si la niebla es espesa, familias enteras de ciervos tienen preferencia absoluta y hacen frenar y maravillarse, aunque el espectáculo no sea nuevo, a los conductores. Pero no toda la fauna de las colinas es igual de inofensiva al contacto con el hombre. De vez en cuando ha sucedido que un animal poco amigo de acercarse a núcleos humanos ha dejado paralizado del pánico a más de uno. Hasta ayer, sin embargo, creí que no iba todo más allá de una leyenda urbana, cuando al girar el auto hacia la izquierda, me encontré de frente a un puma enmedio de la calzada.

Al principio no distinguí si me enfrentaba a un gato enorme, o a un perro de formas y maneras estilizadas de hocico chato y sinuosa cola, pero al disiparse la mínima neblina entre el vehículo y el felino, ví por vez primera en mi vida a un león americano. Al contrario que sus convecinos los ciervos, el animal no hizo el menor ademán de alejarse de la calzada. Permaneció quieto, sujeto al asfalto con sus cuatro patas, mientras me miraba directamente a los ojos, como olfateando a través de aluminios, neumáticos, fluidos y cueros de imitación chinos, mi debilidad.

Comprobé no sin cierta ansiedad que las ventanillas del coche estaban subidas cuando el enorme gato dió dos pasos hacia mí y movió la cabeza levemente dos veces, de un lado a otro, como tanteando. Y sólo cuando él lo consideró, del mismo modo elegante en que había llegado, se fue perdiéndose en la oscuridad de la maleza suburbana.

Una vez lo perdí de vista, me alejé levemente y unos metros más adelante, pisé el acelerador hasta las 30 millas por hora. Mientras manejaba, y aún con el corazón latiéndome a un ritmo que hasta ese momento no había considerado acelerado, me pregunté que habría pasado, si descuidadamente, como otras veces, hubiese subido ese tramo a pie, y no protegido. La buena suerte, esta vez, no me habría acompañado.

Somos fuertes como dioses y tenemos el poder de cambiar nuestra vida o hacerla evolucionar hasta extremos que harían palidecer un libro de milagros, pero cuando renunciamos a reconocer que ciertas fronteras no deben ser atravesadas bajo ninguna circunstancia incluso si exploramos territorios que no creímos que fueran hostiles, un puma puede cruzarse en nuestro camino y contarnos sin preámbulos cómo son de crueles las reglas de la Naturaleza antes de que nos demos cuenta siquiera.

En los días de Celebración que se avecinan y cualquier noche de cualquier día, frente a cualquier conocido o desconocido, en el coche, en el descansillo del portal o en la cama, no dejéis jamás las ventanas abiertas. No dejéis de protegeros en ningún caso ni bajo ninguna frenética circunstancia. No queremos ver a ninguno más de vosotros fallando positivo.

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